Las amantes boreales en La opinión de Murcia

Danza macabra

La escritora madrileña Irene Gracia se adentra en las cavernas más oscuras de la personalidad para relatar la pérdida de la inocencia de dos jóvenes de buena familia que son recluidas en un internado aislado en medio de un lago. Con ello factura una de las novelas más emocionantes, escalofriantes y absorbentes que he leído este año

Esta es una de esas obras difíciles de reseñar porque es preciso andarse con cuidado para no revelar ninguno de sus secretos y permitir así que conserve todo su poder de asombro. Es como caminar sobre un campo minado, pues a diferencia de muchas otras que abriéndolas a voleo uno se puede hacer la idea de qué nos va a contar, Las amantes boreales es una caja de sorpresas que a cada paso ofrece un aspecto que varía el rumbo no sólo de la historia, sino también de la idea que el lector se hace del argumento conforme avanza la narración; nada es lo que parece aunque todo sustente un discurso concreto que se resume en una frase elocuente: «La corrupción es jugar con la vida y la muerte de los demás». De ahí que baste decir que la nueva novela de Irene Gracia es una de esas lecturas que reivindican la grandeza de la literatura, no sólo por la calidad de su estilo, su original arquitectura narrativa, el equilibrado ritmo y la destreza que demuestra en la creación de personajes, escenarios y ambientes, sino sobre todo porque nos ofrece una historia absorbente, emocionante y estremecedora que se lee con avidez.

Del argumento no debería contar demasiado. Si acaso el planteamiento, aunque insisto en que eso sólo sería como describir la puerta de un edificio enorme y fastuoso, plagado de rincones oscuros en los que habita lo insospechado. Bien, pues Las amantes boreales narra la historia de dos chicas de buenas familias cuyos disolutos padres truncan una prometedora carrera como bailarinas y recluyen en un lujoso internado situado en una isla del lago Ladoga, para completar allí su educación y de paso aliviarse de su compañía. Las dos jóvenes, íntimas amigas, vivirán allí una serie de experiencias que cambiarán el rumbo de sus existencias hasta extremos insólitos. Hasta ahí debo contar sin revelar su enjundia, que es mucha, y animo a que se lea, eso sí pertrechándose del suficiente ánimo para enfrentarse a situaciones que removerán la conciencia.

Gracia se adentra en las cavernas de la pérdida de la inocencia desde diversas perspectivas, y para ello sitúa la acción en la Rusia que ya olía a revolución. Entonces, mientras la sangre anegaba los campos de batalla en media Europa, la alta sociedad rusa disfrutaba de sus privilegios en sus lujosos refugios donde apenas susurraba el eco de una engolada y cínica inquietud. En ese ambiente alejado de una realidad terrible, Fedora y Roxana -las protagonistas de esta historia- amasan su amistad con el cemento del desarraigo. Jóvenes, bellas e inocentes, las dos muchachas viven ajenas a los peligros que les acechan e ignorantes de que sus aspiraciones son rehenes de un destino escrito por otras manos.
Como ya hiciera en su anterior y magnífica obra, Ondina o la ira del fuego, Irene Gracia regresa al pasado en busca de esos referentes que caracterizan su narrativa. Y si aquella venía impregnada por los perfumes del romanticismo, en su nueva novela nos embriagamos del aroma de misterio de Poe, el folletín de Victor Hugo, las perversiones de Sade, los laberintos psicológicos de Henry James, el estupor de Conrad, las maliciosas prospecciones sociológicas de Flaubert y los ambientes delirantes de Dalí, por citar sólo algunos de los espectros que he creído percibir deambulando por estas páginas durante su lectura.
Todos, como patronos del ingenio de Gracia, contribuyen a que esta novela exude un confortable clasicismo que la autora madrileña despoja del polvo del pasado con un lenguaje tan bello como explícito, eligiendo con acierto las palabras precisas para describir con nitidez tanto sus personajes como los paisajes y ambientes donde se desarrolla la historia, así como crear las atmósferas apropiadas para imprimir las sensaciones pertinentes en cada momento, y realizar un interesante y acertado ejercicio de contextualización con el que permite comprender muchas de las actitudes de los personajes.
Las amantes boreales se convierte así en una novela subyugante, en la que lo explícito tiene tanto poder emocional como lo que sugiere. Una obra inclasificable que trasciende los géneros, abunda en los aspectos más oscuros de la personalidad y confirma el ingenio de su autora.

ANTONIO J. UBERO

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