Ondina: Entrevista y crítica en El cultural de El mundo

Entrevista

Crítica por Pilar Castro

Ondina o la ira de fuego

Irene Gracia

Siruela. Madrid, 2017. 214 páginas. 15,95 €. Ebook: 9,99 €

PILAR CASTRO | 15/09/2017 |  Edición impresa


Irene Gracia. Foto: Jaime Villanueva

Impresiona el universo creativo de Irene Gracia (Madrid, 1956), porque siempre logra establecer un diálogo perturbador entre fuerzas contrarias, y por un estilo que se ha ido nutriendo de referencias a la cultura universal aderezadas con una gran sensibilidad plástica, lo que singulariza su capacidad para fabular sobre enigmas existenciales que, a través de su discurso, encuentran un cauce expresivo muy poco común en nuestra narrativa. Desde Mordake o la condición infame (2001) mantiene con firmeza la tensión entre lo intelectual y lo emocional, lo real y lo fantástico; de no ser así, la recreación del Romanticismo propuesta en Ondina o la ira del fuego no sería tan elocuente ni lograría personajes que evidencian la frágil frontera entre lo fantástico y lo real, el bien y el mal, la voz y el silencio. Eso por un lado. Por otro está el despliegue escénico que los sostiene, producto de una mirada artística, rigurosa y documentada. Y en tercer lugar está la razón de que este nuevo libro resulte subyugante y embaucador, y es que su argumento cuenta una historia que se multiplica en otras muchas para llenar una “velada serafina”, al modo de las celebradas en los círculos culturales en los que cada tertuliano aportaba la suya quedando así sometida al juicio de los demás.

El eje argumental de todo este despliegue lo ocupa la preparación de los ensayos de la primera ópera romántica, Ondina, de Hoffman (1815), si no se hubiera incendiado el teatro la noche previa al estreno. La cantante protagonista, Johanna Eunicke (documentada en la realidad), presta su voz al relato de lo sucedido desde que se acercó a la interpretación de la enigmática ninfa. Su voz llena la obertura que sirve de preámbulo a una interpretación operística y la impregna del aura romántico que rodea de incerti- dumbre lo que le sigue, es decir, la búsqueda de una razón que otorgara sentido al suceso y a lo que significó en su vida. La necesidad de respuestas propició entonces un banquete que animara a desinhibirse a los comensales (los artistas participantes), lo que desencadena una espléndida segunda parte coral, que podría corresponder a los “recitativos”: los comensales deciden llenar la velada con cuentos que se adueñan de la voluntad de asistentes y lectores mientras se cuentan. Primero cuenta cada uno el suyo, Iris y Ada, El regreso del soldado, La voz del silencio, Las bondades de la muerte, El piano negro… y se van encadenando como en un fascinante juego de espejos. Tratan sobre la identidad y la existencia, rivalidades, celos, amores ocultos, vidas sobrenaturales… Después crean un cuento colectivo, y surge Clarisa, reina de Sirgén.

Y sin proponérselo, el misterio se convierte en enigma indescifrable del que todos acabamos por desentendernos, seducidos ante este despliegue imaginativo que brinda por el arte y la belleza, al tiempo que ensalza el valor de la palabra, el silencio y la escucha.

Irene Gracia: “Los escritores románticos eran sus propios personajes”

La escritora, que firma en la Feria del Libro de Madrid este fin de semana, publica Ondina o la ira del fuego (Siruela), una novela que recrea los chispeantes inicios del Romanticismo en Alemania a través de la ecléctica figura de E.T.A. Hoffmann.

 

ANDRÉS SEOANE | 02/06/2017


Irene Gracia

“Daría con gusto un año de mi vida por un beso del autor de Ondina“. Así empieza la escritora Irene Gracia (Madrid, 1956) su relato Ondina o la ira del fuego (Siruela), una novela que recrea los chispeantes inicios del Romanticismo en Alemania a través de la ecléctica figura de E.T.A. Hoffmann. “Más o menos a esa edad leí yo Ondina, del barón de la Motte Fouque, y podía haber dicho eso perfectamente porque quedé arrebatada. En esa misma época leí El hombre de arena de Hoffmann, prologado por Freud, y me enamoré de los dos”. Un amor por el malhadado escritor y compositor y por todo el periodo del incipiente y pasional romanticismo alemán que ha cristalizado en esta novela donde Gracia relata, con su estilo personal y único, el estreno de la mítica ópera escrita por Hoffmann, abruptamente interrumpido por un voraz incendio que destroza todo el mágico mundo de sus protagonistas. Un enigma y una reflexión sobre la pasión y la envidia que se desgrana en forma de un ágape tras las llamas en el que también se desata un incendio, un banquete báquico donde las narraciones huyen tan deprisa como el vino y el deseo.

Pregunta.- ¿Puebla la historia de personajes reales, cómo se ha inspirado para recrearlos?
Respuesta.- Por suerte o por desgracia he tenido la buena y mala suerte de que existan pocos datos sobre la ópera y sobre todos los involucrados en su representación, pero sí los suficientes para poder apoyarme históricamente. Creo que así es como debe ser. Cuando te dicen como un halago que te has documentado mucho pienso que eso es muy fácil, que lo puede hacer cualquiera. Documentarse solo consiste en leer y recopilar información. El reto, lo que hay que conseguir, es aprehenderlo para poder después contarlo como si fuera parte de tu vida. En este caso, la fuerza del relato reside en hilar los hechos salpicando hechos y anécdotas de la vida de los personajes que reflejen su personalidad. Recrear de forma verosímil cómo pudo haber ocurrido la historia.

P.- El protagonista indiscutible del relato es Hoffmann, muy reconocido como escritor, ¿por qué es tan poco conocida su faceta musical?
R.- En efecto su música es la gran desconocida, cuando él no solo la consideraba el arte más romántico, sino que era su máxima vocación. Hoffmann es un personaje fascinante que tuvo muchos oficios y muchas vidas, fue tenor, director de teatro, escenógrafo, pintor, un gran jurista, profesor de canto… Incluso su carrera como escritor empezó haciendo críticas musicales. Pero su propia música es la gran desconocida a pesar de que era un gran compositor. Aunque antes de Ondina había estrenado otras óperas, ésta fue su primera gran producción, y era una obra muy arriesgada por adelantarse a su tiempo en aspectos temáticos, de montaje y especialmente musicales. En realidad, aunque el mérito histórico de ser la primera ópera romántica alemana se lo ha llevado El cazador furtivo, de Carl Maria von Weber, Ondina llegó primero. De hecho, el propio Weber le hizo una crítica elogiosa.

P.- El texto se ambienta en la época del auge romántico, ¿qué reivindica de aquella época, qué echa de menos de los creadores románticos?
R.- Para empezar, el pulso real que tenía el arte. Estos escritores exprimían su propia vida y estaban a la altura de sus propios personajes, tienen unas vidas tan bellas o interesantes como sus obras. Muchos cuentan con ese halo de malditismo asociado a una muerte joven y una vida desdichada, como Heine, Büchner, Schiller o los ingleses Lord Byron y Percy Shelley. Los románticos consiguieron algo que es lo máximo a lo que puede aspirar un creador, crear vida. Por ejemplo Frankenstein, ¿cuántas versiones se han hecho de él, cuántos hijos ha tenido? Además, reivindicaría el sentido de grupo, esos lazos mediante los cuales se alimentaban intelectualmente los unos a los otros y la convivencia entre escritores, pintores, músicos, actores… Creo que paradójicamente somos más recordados cuando formamos parte de un grupo que creando individualmente. No entiendo el cainismo y el narcisismo que hay ahora entre los autores. ¿Qué autores son interesantes? Los que pertenecen a corrientes: los griegos, los renacentistas, los barrocos, los románticos, los surrealistas…

P.- Precisamente recrea una de las claves de entonces, las veladas literarias. Defiende que el sentido de grupo que favorece la creatividad, ¿somos hoy por el contrario demasiado individualistas?
R.- Yo estudié Bellas Artes y, como decía, detesto el narcisismo de la actualidad. A nosotros solo nos enseñaban a firmar, parecía que eras un ser tocado por la gracia, especial. No entiendo esa ambición individualista del hoy. Cuando era más joven tenía la ambición pueril de hacer una gran novela, un libro que me trascendiera. Ahora lo que reivindico es el oficio. Para ser libre has de tener oficio. Los grandes artistas, aunque luego la subviertan, tienen mucho respeto por la técnica, porque el conocerla te daba libertad. A mí solo me interesa hacer novelas muy arriesgadas y cuido mucho el oficio, para que si un lector la lee diga: “no me interesa esta novela pero está bien escrita, hay un respeto por el oficio”.

P.- En la novela recrea también una de estas veladas literarias, el germen de lo que sería a la postre todo ese corpus de cuentos románticos.
R.- Sí, reproduzco una de las llamadas Tertulias Serafinas, reuniones de creadores del estilo de la famosa de Villa Diodati. Entonces los escritores eran maravillosos, iban a la guerra, entraban en crisis, daban la vuelta al mundo… Sus vidas son tan apasionantes como sus obras. Aprovecho la segunda parte para reproducir una de estas veladas a las que asistían personajes como Ludwig Devrient, considerado el mejor actor de la época, fascinado por interpretar personajes malditos o satánicos; el doctor David Ferdinand Koreff, especialista en mesmerismo o el poeta Adelbert von Chamisso.

P.- En esa parte de los cuentos desgrana varios tópicos de la época que se han vuelto universales, como el del doble, muy presente en todo el relato. ¿Es real esa personalidad entre personaje y artista, absorbe éste al autor y al intérprete?
R.- Sí que lo absorbe, no completamente, ojalá lo hiciera porque la vida cotidiana suele ser muy aburrida, pero sí que se funden. Y cuanto más te absorbe y cuanto más nace una obra de un arrebato, de una especie de posesión, en realidad más arrebatas a los lectores. Creo en la inspiración y creo en el oficio, es una especie de contradicción. En cuanto al tema del doble, esto explora algo que hay en todos nosotros, donde conviven un ángel y un diablo y es bueno saber psicoanalizarte para conocer cuáles son tus luces y tus sombras. Precisamente en el prólogo del libro de Hoffmann que hace Freud habla de todo esto y del mito del doppelgänger, muy enraizado en la cultura alemana. Aquello que te es familiar pero en un momento dado te resulta extraño, eso es lo verdaderamente siniestro y perturbador.

P.- Pero sin embargo, en la novela, Hoffmann reclama la vida frente al arte, los afectos reales frente a las obras, ¿es también su opinión?
R.- Desde luego, y creo que la de cualquiera. En momentos de crisis y de absoluta sinceridad, el científico más importante o el escritor más importante te dirá que lo único que valora es ese gran tema que constituyen la vida y la muerte. Por encima del arte, claro. Lo que queremos todos a través de nuestras creaciones es burlar la muerte de algún modo. Que todo tenga un sentido porque si no nos volveríamos locos. Ese es el motor del mundo. Pero la vida verdadera siempre es mejor. Ahora la ciencia quiere combatir la vejez y hacernos vivir mil años. No estaría mal, porque es mentira lo que dice el tango aquel de que veinte años no es nada. El mismo Hoffmann defendió lo escaso de la vida ante unos amigos cuando pesaba menos que un suspiro de lo enfermo que estaba. Ellos para consolarle le decían que su obra trascendería y que en su estado muy deteriorado lo mejor era morir. Pero él, moribundo, dijo: “no, vivir, vivir, en las condiciones que sea, pero vivir”.

P.- Centra la obra en el misterio del incendio, ¿pudo ocurrir como en la misma ópera Ondina, en la que el talento y la belleza crean celos y provocan la traición?
R.- Hoffmann suscitó recelos entre los músicos porque ya era un escritor muy respetado, y encima ser un músico bueno… Al final le traicionaron todos. Todos los que trabajaron en Ondina de alguna manera se llevaron el éxito merecido por Hoffmann, que es algo que pasa mucho en las artes. Los primeros que innovan se llevan las bofetadas y luego sus discípulos se llevan los elogios y son tan ingratos que niegan a sus maestros. Yo aprendí esa lección sobre la traición y la envidia muy joven. Un galerista de arte me dijo: “Mira Irene, los galeristas no queremos genios, porque hay muy pocos y suelen ser problemáticos. Queremos gente notable y punto”. Es sencillo adivinar donde hay un hombre excepcional por el conjunto de necios que se arremolina a su alrededor. Yo no creo que triunfen los peores pero sí los mediocres, porque son más y van a querer matar al genio o a su creación porque ponen en evidencia su mediocridad.

P.- Con la gran calidad de autores nacionales del género, como Bécquer, Torrente, Valera, Calderón… ¿por qué en España está desprestigiada la fantasía?
R.- Torrente Ballester, que no es un escritor “dudoso” porque su mayor éxito lo consiguió con sus novelas costumbristas, decía que España, a diferencia de todos los demás países del mundo, está desprestigiada la imaginación, cuando es el motor de todo, de la ciencia, de la banca… ¿Por qué eso continúa hoy? No lo entiendo. Bécquer, de no haber muerto tan joven, podría haber escrito la gran novela romántica, porque sus leyendas son maravillosas. Pero no pudo ser y así estamos hoy. En cambio, está muy reivindicada la novela no solo costumbrista, sino también la intimista, donde la gente desnuda de forma indecente su vida privada. De eso es de lo que quiero huir, cuéntame algo que no tenga ya en mi vida. Ahora gusta reconocerse en lo que lees, que sea tu vida, cuando debería ser lo contrario. Esa es la literatura facilona, porque al lector cuando acaba el libro le hace sentir que es muy listo. Porque como le hagas pensar o le abras un mundo nuevo…

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