Crítica en La Vanguardia de Ondina

Tejedores de historias

  1. A. Masoliver Ródenas

 

Novela. Irene Gracia se remonta al Berlín del XIX para hablarnos de Hoffmann, el autor de ‘Ondina’, la primera ópera alemana del romanticismo.

 

Irene Gracia nació en Madrid en 1956, pero pasó muchos años en Barcelona donde cursó estudios de música y más tarde de pintura y escultura en la Facultad de Bellas Artes, disciplinas que cobran vida en una obra que es una indagación en el mundo de lo fantástico.

Leer Ondina o la ira del fuego es recuperar, enriquecidas, sus anteriores novelas. Ya en Mordake o la condición infame (2001) una historia real es al mismo tiempo una historia fantástica, en un desdoblamiento presente en toda su escritura. En El coleccionista de las almas perdidas (2006) intercala cuentos dentro del cuerpo principal del relato. En El beso del ángel (2011) la realidad está vista a través del sueño y tiene una importante presencia el Renacimiento. En El alma de las cosas (2014), las joyas actúan como talismanes gracias a los cuales triunfan el canto, la danza, la música y la escritura. Belisa no teme a la muerte porque quiera descifrar sus secretos, y Adelbert se pregunta: “¿Por qué debo renunciar a hallar la ruta aérea del paraíso por esa mentira que otros denominan la realidad?”

Ondina o la ira del fuego nos remite al Berlin del siglo XIX y sus protagonistas son Hoffmann, autor de Ondina, la primera ópera alemana del romanticismo, con un libreto basado en un cuento de Friedrich de la Motte Fouqué, y una de las mujeres de las que se enamoró Hoffmann, Johanna Eunicke, la encargada de escribir la verdadera historia de la noche en que ardió el teatro, que representó la muerte de Ondina. Por un lado tenemos las consecuencias del fuego la noche en que el mundo acuático de Ondina se redujo a cenizas, y el misterio de quién lo provocó. Por el otro, se reproducen las conversaciones de los comensales reunidos en el hotel Paraíso.

A los conflictos sentimentales y a las sorprendentes revelaciones se unen los relatos que cuentan cada uno de los integrantes y la historia que van tejiendo para crear un cuento colectivo. Inevitable pensar en Las mil y una noches, El conde Lucanor, de Juan de Mena, el Decamerón, de Boccacio, o los Cuentos de Canterbury, de Chaucer. A cada relato se añade su interpretación o “lectura”, todos ellos tienen una relación con la realidad de los personajes y de un modo o otro giran en torno a Ondina y a la ópera que le da nombre.

Las ondinas, en la mitología griega, son las ninfas acuáticas, las Náyades, que viven en los lagos.

En la novela de Fouqué es hija de un príncipe del mar que anhela que la ninfa tenga alma. Cuando se casa con el caballero Huldebrando, “perdió sus poderes sobrenaturales, se humanizó y sufrió el peso del alma y el dolor del amor”. Para Johanna, “en ninguna obra está tan latente el duende del arte como en Ondina, donde nos transmutamos en pura música”, que es “la más honda de todas las artes, porque aspira al infinito”. Hay una continua exaltación de la belleza, “una dicha para siempre”, como lo es para Keats en el primer verso de Endymion, “A thing of beauty is a joy for ever”. Y frente al mundo terráqueo, demasiado pesado y podrido, vivimos en “el universo acuático, nostálgico, puro y etéreo de la ninfa”. Toda la novela de Gracia es un continuo desplazamiento del mundo visible al invisible, de los cuerpos a las almas. Novela alada, etérea, pero que no rechaza “la belleza del mal” y los conflictos que atenazan a los personajes. Un admirable ejemplo único entre nosotros de literatura fantástica creadora y vivificadora de leyendas que nada tienen de evasivas.

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