Crítica de Ondina en Babelia (El país)

Crítica por Ana Rodríguez Fischer

 

Las llamas del gran teatro del mundo

Irene Gracia nos entrega una espléndida muestra de literatura en ‘Ondina o la ira del fuego’

Johanna Eunicke.
Johanna Eunicke. 

Del mundo narrativo de Irene Gracia (Madrid, 1956) se ha dicho que se sitúa en la estela del expresionismo lírico de Djuna Barnesy Violette Leduc, especialmente a partir de Mordake o la condición infame (2001) —basada en la historia real de un joven aristócrata británico que tenía en la parte posterior de su cabeza otra cara, la de una bella mujer, “adorable como un sueño, terrible como un demonio”— y de El coleccionista de almas perdidas (2006) —protagonizada por Anatol Chat, uno de los más memorables fabricantes de autómatas que se propone preservar el noble arte del relato recitando cuentos en las calles y en las plazas de las ciudades o en las ferias adonde acude—. Ondina o la ira del fuegoafianza esta singular trayectoria.

En la novela, Johanna Eunicke, la cantante que en 1815 interpretó a Ondina en la ópera homónima compuesta por Hoffmann, traza la crónica de aquel hito musical y el fatal desenlace que sobrevino al cabo de las primeras y exitosas representaciones, cuyas causas tanto Hoffmann como ella quieren aclarar. Para ello, la misma noche en que ardió el teatro entero, convocan un banquete en el que participan todos los implicados en la representación de la obra, y que se desarrollará al modo de las veladas serafinas que solían celebrar en Berlín, donde los contertulios conversaban sobre arte y filosofía y también relataban cuentos fantásticos que eran sometidos al juicio de los demás.

Esa noche, el director Romberg cuenta las relaciones entre Angélica y su muñeca Ada, que se intercambian almas y cuerpos; De la Motte Fouqué narra la vida de un soldado napoleónico que, sin saberlo, regresa a la única casa donde debía regresar; su mujer, Caroline, relata la asombrosa existencia de unos esclavos de Miguel Ángel que tardan en conocer su verdadera identidad; la joven Katharina, que encarna a la nueva generación romántica, celebra las bondades de la muerte; y la propia Eunicke desvela cómo nacen los ángeles.

Por supuesto, también participa el gran Hoffmann, que inicia el relato ‘Clarisa, reina de Sirgén’, que los demás deberán continuar, y narra íntegro ‘La herencia de Boccanera’, sin duda el mejor de los cuentos que encierra esta novela, junto con ‘El piano negro’. Además de una intriga que hurga y desvela el fondo turbio de las pasiones —destacando entre ellas los celos y la envidia—, Ondina o la ira del fuego nos entrega una espléndida muestra de literatura, porque estos cuentos narrados por unos personajes tan singulares proceden de las mejores tradiciones y celebran el poder de las palabras que cautivan y embelesan, que explican e iluminan, que avisan y aleccionan, que incitan o calman, que persuaden, que animan o conmueven, que consuelan o entristecen, y que también inquietan y perturban.

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