Crítica de El beso del ángel por J. A. Masoliver Ródenas en La Vanguardia

Una original visión de la historia de la humanidad y los dioses

Sobre los ángeles

 

Por una vez, la audacia en un escritor, en este caso una escritora, Irene Gracia (Madrid, 1956) no consiste en romper los moldes establecidos y aspirar a una “literatura del futuro”, sino en una especie de retroceso. El beso del ángel tiene, como punto de partida, la recreación de la mitología grecorromana y presenta, como credenciales, una cita de Roberto Bolaño, apoyo obligado para los narradores que surgen a mediados de los noventa del siglo pasado. ¡Como para echarse atrás! Pero apenas penetramos en el libro podemos darnos cuenta de que hay una originalísima visión de la historia de la humanidad, de la vida de los dioses y de la naturaleza de los ángeles. Una prosa intensa y al mismo tiempo con un fluir armonioso que va adentrándonos, más allá de las leyendas o de las especiales interpretaciones bíblicas, en una serie de planteamientos sobre nuestra condición de seres desterrados, condenados a la ignorancia, al deseo de conocimiento y a la nostalgia de un paraíso que no conocimos.

La narradora es Thérèse Fuler, “la bailarina de los pies alados”, nacida en un manicomio, adoptada por una pareja inglesa, adiestrada para la música y para la danza (“una forma humana de evocar las alas que habían tenido Adán y Eva antes de ser arrojados del paraíso”), lectora de Teresa de Ávila y enamorada de Artemio, que no es otro que Adanel, el ángel del deseo. Poseída por una extraña embriaguez de raíz mística, se pone a escribir para recoger las voces que le precedieron en el tiempo y que pasaron por experiencias parecidas: La abrasadora Apolina, hija de la locura humana y del fuego de Apolo, enamorada de Artemio del que, casi centenaria, tendrá un hijo, Ledo, alimentado con leche de murciélago, alumbrado, como su madre, por la carne y por el fuego, un niño alado que no puede volar hasta que consigue unas alas artificiales; también enamorado de su Artemio, este le confiesa que es Adanel, un ángel al que puede invocar, pero, le dice, “sólo te oiré cuando estés ya muy cerca de la muerte”. Con Dionisio nos trasladamos al renacimiento. Acogido por Leonardo da Vinci, se enamora de la misteriosa Artemia Lisa Cherubini, la Mona Lisa. Tras una serie de avatares, acaba en Segovia, donde deja embarazadas a varias monjas hasta que es conducido al patíbulo mientras invoca aAdanel. En el epílogo, Séverine Léveil, la editora del libro de Thérèse, cuenta los últimos años de una mujer que vivió en dos mundos paralelos, bebió la dulcísima leche de Jesucristo y al final desapareció adentrándose hacia el corazón del bosque.

En El beso del ángel la realidad está vista a través del sueño: “El sueño se soñó a sí mismo, y así empezó todo”. Parecida al sueño es la experiencia mística – apoyada en versos de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz –, la locura o, ya en tiempos modernos, la morfina. Es así como alcanzamos lo sobrenatural, convivimos con los dioses, con los ángeles “entre ellos el que visitó a María”, “el mensajero del Amor absoluto” – y, por encima de todos ellos, o representando a todos ellos, Adanel, el ángel sin paraíso, cuyo nombre evoca por supuesto a Adán,pero también a un personaje ficticio de J.R.R. Tolkien, confirmando lo que hay en este libro de literatura fantástica. Pero son la tradición pagana, esencia de la belleza corporal y de la atracción de los dioses por los humanos, y la mística, las que dan a la novela todo el encanto sensual y erótico expresado con especial intensidad y delicadeza. Frente a esta embriagadora sensualidad está la constatación de que también los ángeles y los dioses son mortales, de que el amor conduce a lalocura y a la pérdida y de que se prepara una nueva guerra en el cielo que anuncia el Apocalipsis.La pregunta final, en este mundo de iluminaciones y oscuridad es “¿acaso Dios merece su poder?”

J.A. MASOLIVER RÓDENAS

Cultura/s, suplemento cultural de La Vanguardia, Barcelona, 17 de Agosto de 2011

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