Santos Sanz Villanueva sobre El coleccionista de almas perdidas

Explorar los límites de la vida más allá de la percepción empírica constituye una constante en la obra de Irene Gracia. Esta narradora madrileña participa de una antiquísima creencia: lo que llamamos realidad no explica por completo el mundo, y la existencia, tanto la material como la mental, deja al descubierto muchos misterios. Sus inquietudes podrían resumirse en el deseo expresado por Anatol Chat, personaje básico de El coleccionista de almas perdidas. En un encuentro con Freud, Anatol le expone al psiquiatra austriaco que no le preocupan ni los trastornos psicológicos que padece, ni el trasmitir la voz de su difunta madre en un fenómeno de ventrilocuismo; él “sólo” quiere “encontrar un poco de sentido a la vida”.

A este empeño dedica Irene Gracia su nueva novela con un despliegue imaginativo formidable. Ya había hecho algo parecido en novelas anteriores, pero algunos inconvenientes sobre todo verbales le habían impedido la plenitud literaria. Ahora la consigue con una historia que controla muy bien su sustancia fantástica para crear un mundo nuevo y original, distinto del nuestro, por supuesto, pero en un paralelismo coherente y verosímil que ilumina las grandes perplejidades de la naturaleza humana. El riesgo de la literatura fantástica, en general, radica en el cultivo de absurdeces y calenturas. Aunque Gracia refiere innumerables hechos de un irrealismo absoluto y sorprendentes, los dispone en una trama anecdótica que, valga la paradoja, permite el desarrollo lógico de una fecunda inventiva. Esa trama consiste en la trayectoria biográfica desde finales del XIX y durante los comienzos del XX de los Chat, una familia fascinada por los autómatas. Inquietudes espirituales variadas, anhelos trascendentes, desequilibrios mentales que se asoman al terror forman parte de la experiencia de toda la familia y desembocan en el relato del hijo, Anatol; éste continúa la historia de los suyos llevándola a un desenlace de aniquilación y muerte. En este trecho, las cabezas de su padre y su hermana se han jibarizado y ambas miniaturas se trasforman en autómatas con un grado de naturalismo absoluto.

Esta peripecia se abisma en los misterios insondables de nuestra naturaleza, comunica con la experiencia de lo excepcional en la línea de la literatura gótica de terror y propone figuras insólitas (una cofradía de “sustanciales”, cuyos miembros han sido concebidos de forma diferente a los humanos, se remontan al bíblico Edén y perdurarán cuando la especie se extinga). Nada de ello, sin embargo, es gratuito porque la autora lo maneja como proyección imaginativa de un asunto clásico, el de los límites entre realidad y fantasía. Si se quiere, podemos ver en el fondo de esta historia una actualización del gran problema barroco de la frontera entre vida y sueño.

Por otro lado, la cualidad imaginaria del libro se refuerza con su explícita presentación como una materia literaria inscrita en un terreno muy específico, el de los cuentos de tradición popular. Y luego, la novela se construye con el apoyo de breves cuentos intercalados, piezas autónomas pero vinculadas al texto principal, al que complementan o explican. Se trata de auténticas fábulas que reafirman el innato gusto por contar, y reivindican el placer intrínseco de esta forma de comunicación. Incluso, se le da un sentido trascendente por boca del padre de Anatol, Horacio: “Pensemos que toda la vida es un cuento que alberga en sí misma muchos cuentos. ¿Y cuál es el cuento de nuestra vida?”. Con oficio y acierto notables, la autora da una respuesta visionaria al cuento de la vida mediante una historia revulsiva de desasosegante efecto. Con esta historia Irene Gracia alcanza su madurez como narradora.

Santos Sanz Villanueva, EL MUNDO, 13 de Julio de 2006 (Enlace)

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