Jesús Palacios sobre El coleccionista de almas perdidas

Los autómatas, a pesar de contener en germen el mundo entero de la robótica, la informática, la IA y la Realidad Virtual, tienen siempre más que ver con el reino inanimado de maniquíes, figuras de cera y muñecas, que con el de la ciencia ficción. Esto es algo que supo ver muy bien Irene Gracia en su extraordinaria y singular novela El coleccionista de almas perdidas (Siruela). A través de la biografía imaginaria de la familia Chat, constructores de autómatas, muñecas y teatrillos de marionetas, trasunto fantasioso y excesivo de la auténtica familia Jaquet-Droz, cuyos célebres muñecos “inteligentes” se exponen en el Museo de Neuchâtel, la escritora recorre la Belle Époque en alas de la inquietante manía, vicio y locura de sus protagonistas, entregados a la creación de mundos y personajes artificiales, capaces de escapar a los designios de la naturaleza y la muerte.

Llena de guiños a Hoffmann y Poe, con apariciones estelares de Freud y Rasputín, pero también con cierta atmósfera propia del Borges más fantástico, El coleccionista de almas perdidas es una poética y hermosa, pero también siniestra, reflexión sobre la obsesión prometeica que subyace en el arte de fabricar autómatas. En ella, gracias a su sutil atmósfera de fantasía contenida, nunca sabemos hasta qué punto los muñecos poseen realmente alma… o son síntomas de la locura múltiple de su trágico protagonista, Anatol Chat.

Jesús Palacios, QUÉ LEER, Número 144 (Artículo completo)

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