Crítica en LA RAZÓN de Mordake o la condición infame

La dualidad de la naturaleza humana (y como vio Mani de toda la realidad) ha sido desde los tiempos antiguos una intuición explorada por los filósofos. Alguna vez se describió a los seres humanos en cópula como el ser de dos cabezas, y fue finalmente la influencia de Wilhelm Fliess la que llevara a Freud a teorizar sobre la bisexualidad originaria. Escribió el psicoanalista vienés: «El sexo dominante en la persona habría reprimido en el inconsciente la representación psíquica del sexo vencido». Y es casi esta hermosa imagen la que vernos textualizada en la novela de Irene Gracia, donde a partir de una nota médica sobre un noble inglés del pasado siglo, Edward Mordake, que en la parte posterior de la cabeza tenía otra cara, la de una mujer, adorable y terrible, el lector se aproximará a esta narración simbólica sobre la dualidad sentida como enfrentamiento y desgarro desde la confrontación de dos espejos complementarios.

Y aquí no se está hablando únicamente del eterno desdoblamiento, al modo de un Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Stevenson, sino también de la lucha de los propios deseos. En Mordake, además de la terrible sorpresa del jovencito que de repente comprueba que, en su cuello, yace otro yo, Edwardina, que le tortura y traiciona, veremos cómo, tras un pacto en que Edward poseería el día y Edwardina, la noche, los cerebros exigen incluso la alteración de los cuerpos para reclamar su ración de pasión y sexo: así, espiaremos el acto sexual rabioso y tierno, de Edwardina (es su turno de noche y Edward le ha dejado el control del cuerpo) con un marinero. Y a todo ello el lector asiste desde dos discursos: el de Edward en letra redonda y el de Edwardina, en cursiva.

Irene Gracia, autora ya de una importante y personal obra, y de reflexión continua sobre la identidad personal y los conflictos espirituales en Fiebre para siempre e Hijas de la noche en llamas, consigue con Mordake una notable parábola sobre uno de los grandes sucesos de la modernidad, ya esbozados en el romanticismo: el asalto a la escena social de lo femenino como entidad intelectual y, a la vez, la conciencia en el ser humano de la conflictiva y dialéctica existencia interna de un inconsciente, como una Venecia subterránea de la que emergen palacios y mármoles, pero que asientan sus cimientos en el fango de antiguas y tenebrosas lagunas. También, en Mordake, se preguntarán sus personajes por el origen de esa condición infame, que parece ser inherente de la condición humana. Es Mordake una hermosa y acertada metáfora sobre los peligros y las delicias que están al otro lado de nuestro propio espejo, como supieron Carroll y Borges.

Joaquín Arnáiz, LA RAZÓN, 23 de Febrero de 2001

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: