Crítica en EL PAÍS de Mordake o la condición infame

Dos Voces Autobiográficas.

Seguramente, el lector reconocerá en Mordake o la condición infame, la última novela de Irene Gracia, lugares frecuentados de la literatura universal. No sería esa su primer experiencia. Hay lectores que saben que un novelista está legitimado para remover materiales anteriores, épocas, motivos, atmósferas y personajes a su entera disposición si con ello cree que podrá canalizar mejor su proyecto novelístico. Después de todo, a nadie le tendrá sin cuidado esa participación ajena, siempre y cuando el resultado sea la ilusión de una pieza singular. El contenido moral y sensual de su novela, podría haber inclinado a la autora de Hijas de la noche en llamas a una resolución menos sutil, elíptica y convincente, me refiero a esa línea de explicitación pasional a que nos tiene acostumbrado cierta narrativa española actual. Por suerte, Gracia ha ideado un libro llena de literatura, no sólo porque se nutre de ella, sino porque invita a pensar en algunos de los grandes enigmas de la vida.

Mordake o la condición infame es la historia de un hombre que ha nacido con el rostro de una bella mujer en su nuca. La condición económica y socialmente desahogada de que gozó este desgraciado ser, Edward Mordake, fue tal vez lo que lo salvó de terminar en un circo, tal como le sucedió al célebre Hombre Elefante en lugar y fecha parecidas. Esa terrible anomalía consignada en manuales científicos de la época, finales del siglo XIX, sirve para construir un libro pletórico de excelentes asimilaciones textuales, nunca gratuito sino pensado para recrear las condiciones filosóficas, morales y sociales de una época, la victoriana, y de un imaginario del amor. La novela está organizada con dos voces autobiográficas- la de la mujer que habita escondida detrás de la cabeza de Edward y la de éste. Ambos discursos se complementan, se iluminan o se oscurecen mutuamente.

Enseguida sale a relucir el viejo debate del bien y el mal. Y el viejo debate de las intrínsecas condiciones masculinas y femeninas en pugna por reservarse su peculiaridad o confundirse en una sola y arrebatada sensibilidad. El lector reconocerá tras la tragedia de estos dos seres los fantasmas del doctor Jekyll y su alma negativa, reconocerá el también trágico dilema a que se ve abocado el apolíneo Dorian Gray. Pero además se introduce en esta muy lograda novela todo un aire finisecular, las reflexiones sobre la belleza tan caras a Walter Pater, esa idea decadentista de Venecia como ciudad agonizante, la misma idea de la muerte, la presencia de la mujer, como mujer fatal y como mujer frágil, dualidad muy fin de siglo y ese casi torturante análisis psicológico tan familiar al Huymans de Al revés. Y ya no digamos esa aura melancólica de príncipe danés atormentado que mana de Edward Mordake, ese hombre o esa mujer. La obra tiene sus raíces en una época literaria e histórica delimitada. Gracia, con el empleo y propósito de esa materia, demuestra su fino sentido de la ficción, esa delicadeza punzante para tocar un conflicto universal.

J. Ernesto Ayala-Dip, EL PAÍS, 10 de Marzo de 2001

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