Crítica en EL PAÍS de Hijas de la noche en llamas

Los Pozos del Alma

La historia de tres hermanas (sus amores, el pecado, la venganza, el sueño mismo de la muerte) contada desde las voces singulares de cada una de ellas a modo de contrapunto es el asunto de la segunda novela de Irene Gracia, que se reveló con una magnífica, dura e inquietante primera novela (Fiebre para siempre). Hijas de la noche en llamas son tres historias y una sola en voces que se cruzan y superponen en planos distintos para constituir una realidad que está más allá que la realidad misma, una realidad que trata de las circunstancias de la vida y del alma, del sueño y de la memoria, de la vida y del amor y de la muerte.

La trama en la novela está en función de ahondar más que en los acontecimientos, en los asuntos que la trascienden: la venganza y los deseos femeninos, las pasiones desbordadas y la percepción de éstas desde planos distintos, desde voces diferentes. La vida vista desde la muerte, y la muerte misma como parte inseparable de la propia vida. Así, la realidad percibida por estas tres mujeres es una enorme gama de claroscuros dominados por un aire denso que parece narcotizado por el fatalismo (en el caso de Sara) o por el más allá en ese espacio que habitan los fantasmas (en la voz de Lilith) o por el deseo que disuelve a Eva en un modo de trascendencia que la habita.

Irene Gracia ha querido descender a los pozos del alma, allí donde la memoria y los deseos se debaten entre la tiniebla pesada de una existencia febril. La novela es un mirar en el espejo, o tal vez mejor, mirar al otro lado del espejo donde se halla la conciencia habitando el bosque bestial del fatalismo, ese lado otro en que reside la existencia misma, no su reflejo. Y es también una pregunta, larga, infinita, que permanece como parte misma del existir.

Ante esta novela se tiene la intuición de que nada sobra ni nada falta, de que las palabras están colocadas en ese orden exacto que conduce al lector al territorio otro donde cobran la naturaleza extraña y mágica del mito, el espacio donde acontece lo soñado en telúricas visiones que sitúan el alma en los pozos oscuros de la conciencia. Porque Hijas de la noche en llamas es una novela que, más allá de la perplejidad de los asuntos narrados, guía al lector hacia las entrañas mismas del mito, con esa extraña perfección que remueve la conciencia del lector desde una estética desgarradoramente humana, que no concede ni el abandono ni el silencio, porque detrás de la pulcritud y la sobriedad del lenguaje, quien lee sabe que, más allá de la historia narrada, existe el reverso del espejo donde se encuentra la verdad, reconocible y conmovedora, de cada uno. Una novela demoledora, bella, muy turbadoramente bella, con ese don para trascender que pocos artistas tienen.


Luis de la Peña, EL PAÍS, 17 de Abril de 1999

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