Crítica en EL MUNDO de Mordake o la condición infame

De un caso real, registrado en un libro sobre curiosidades médicas, toma Irene Gracia (Madrid, 1956) la idea argumental de su tercera novela. Se contaba en él la sorprendente deformidad del joven Mordake, heredero de una de las familias más nobles de Inglaterra, que nació con una cara en la parte posterior de su cabeza, “la de una bella mujer, adorable como un sueño, terrible como un demonio”. Ese ser dual como el dios Jano, sucesivamente hombre y mujer como el Orlando de Virginia Wolf, le ofrece la oportunidad de tratar un tema universal y poco frecuentado por nuestra literatura, el de las dos caras de la condición humana, las dos esenciales, opuestas y complementarias: lo masculino y lo femenino. Bien es verdad que no es nuevo en ella el fundir en la ficción mito y realidad, como lo prueba su novela anterior (Hijas de la noche en llamas, 1999) y lo reafirma una postura literaria que se alimenta de su formación en otras manifestaciones artísticas y crece en su interés por revestir de simbolismo cuestiones que atañen a nuestra condición, a veces indigna como sugiere este caso tildado de infame. Ese caso es argumento y acción de una historia articulada como un diario a dos voces; anclada en el siglo XIX, en el seno de una sociedad “corrompida y moralista” que subraya con su incomprensión la imposible adaptación de un individuo con una diferencia tan señalada como la de poseer dos naturalezas en un solo cuerpo. El de Edward, el único que conocen todos; porque incluso “él” desconoce esa otra cara que vive oculta hasta que un espejo le presenta la imagen de “su doblez”.

A partir de ese momento “ella”, que ha vivido negada y ha desarrollado una intensa capacidad para desear identidad, voz y vida, es “su desorden”, la encarnación de todo lo que “él” esquiva, porque representa todo lo que teme. Y surge el enfrentamiento, el deseo de aniquilar ese rostro que se empeña en mostrarse sólo de noche, que representa lo que debe enmascarar, Ésta es la esencia de una novela cuya trama incluye una historia de amor, un viaje iniciático y una buena dosis de reflexión certeramente ajustada al sentido de sus intenciones, Quizá éstas no ofrecen grandes descubrimientos, pero confirman a una escritora imaginativa, capaz de cuidar el fondo y la forma de un discurso, de marcarse nuevos y singulares retos en un estilo que sintetiza su buen hacer narrativo.

Pilar Castro, EL MUNDO, 21 de Marzo de 2001 (Enlace)

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