Crítica en EL PAÍS de El coleccionista de almas perdidas

Irene Gracia narra en su cuarta novela la historia de un fabricante de autómatas, feriantes y cuentacuentos. Una reflexión sobre el poder mortífero del arte.

Vete a saber si la autora poniendo a esta novela el hechicero título de El coleccionista de almas perdidas no se habrá inspirado en el de la película El callejón de las almas perdidas dirigida por Edmund Goulding y protagonizada por Tyrone Power. De hecho, hay bastantes semejanzas entre los protagonistas, ambos empeñados en solemnizar su condición de feriantes y en adueñarse de la conciencia ajena. La novela se inscribe en la obra de Irene Gracia, tanto estilística como argumentalmente, con formidable coherencia. En la anterior, Mordake o la condición infame, partía de un oscuro suceso documentado a finales del siglo XIX; ahora, tres epígrafes iniciales procedentes de tres obras del siglo XX desencadenan la trama: un texto que postula la necesidad de explicar la vida de Anatol Chat, miembro de una famosa familia de fabricantes de autómatas a principios del siglo XX, un comentario antropológico sobre las técnicas de reducción de cabezas de los jíbaros y un fragmento del artículo de Sigmund Freud, Lo siniestro, en el que nos informa que acaba de adquirir “un autómata excepcional que representa a Descartes”. De la conjunción y desarrollo de estas anotaciones mezcladas con gran sabiduría por la autora surge la materia literaria, la narración vistosa, inquietante, trágica, centrada en el proceso educativo de Anatol cuyo final no puede ser otro que la disolución y la nada.

La autora, enamorada de esa literatura simbolista, pagana y mística, de principios del siglo XX, y de la que la suya propia es una apasionada prolongación, escribe una novela que con su imaginación fantástica constituye “una réplica prodigiosa del mundo real” como lo son los artilugios del feriante Anatol que quiere convertirse en un virtuoso ejecutante capaz de insuflar vida a la materia inerte y dar voz a los muñecos de feria. Estamos ante una novela de artista que contiene abundantes dosis de reflexión filosófica en torno a la elaboración artística. Aunque lo más destacable es la habilidad con que la autora reelabora algunos de los grandes mitos de la literatura de terror: las estatuas que cobran vida, el amor y el deseo entre seres que viven a uno y otro lado de la barrera de la muerte o el tema del doble y sus infinitas variaciones.

Lluís Satorras, EL PAÍS, 17 de Junio de 2006 (Enlace)

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