Ana Rodríguez Fischer sobre Hijas de la noche en llamas

FURIA COLOR DE AMOR

Sólo que para estas Hijas de la noche en llamas el color del amor no es el olvido. El amor aquí, tiene el color de la memoria. Eva, la más pequeña de tres hermanas y considerada como la más olvidadiza de ellas, escribe la Memoria de Sara (la mayor) e Ismael, de Lilith (la mediana) y la suya propia, basándose en las vidas de aquéllas y en lo que sus almas le contaron durante la larga temporada que Eva vivió en las sombras, cuando estuvo en coma. Al regresar a la casa familiar el día en que salió del hospital «me sentí las tres hermanas a la vez, como si llevara dentro de mí toda la memoria de las vidas y las muertes de Sara y Lilith, pero ya no me asusté. Acepté toda la profundidad de sus memorias, todo el silencio». Y en un estado de sonambulismo escribe la Memoria de las tres hijas de la noche en llamas y un hombre que se atrevió a amarlas.

Irene Gracia (Madrid, 1956) retoma la leyenda de las vírgenes de Argos -según la cual una bruja conducía a las muchachas a una cueva y allí les mostraba un espejo en el que veían reflejado el rostro que tendrían en la vejez y, nada más verse, las doncellas se arrojaban a un barranco, horrorizadas ante lo que las aguardaba-, a la que le va añadiendo una serie de variaciones -la historia de las vírgenes locas, la plaga de las doncellas ardientes o el cuento de las princesas transparentes- para tejer una novela que, desde lo mágico a lo atroz, ahonda en las zonas más misteriosas e insondables de la psique, en un mundo telúrico del que emerge la imagen de tres espíritus a la intemperie, el relato de tres vidas (almas femeninas) abismáticas que laten al compás de pulsiones extremas y encarnan el pathos de la dualidad eros-muerte.

Hijas de la noche en llamas se inscribe en la tradición del expresionismo lírico a lo Djuna Barnes o Violette Leduc. La novela se organiza sobre poderosísimas imágenes: las que Sara transmite a Eva para que ésta cree en el vacío y componga en el aire su Memoria, o las imágenes que Lilith, «en un lugar indeterminado del espacio y el tiempo», sin sentir ya nada pero comprendiéndolo todo, le transmite a una Eva que «está al otro lado de la línea de la vida, mirando mi ataúd blanco como una gacela acobardada, sin entender nada, pero sintiéndolo todo». Eva sucumbe a la maléfica fascinación del espejo, a la soledad, al vacío. Y corre hacia sus hermanas suicidas arrojándose, como ellas, a las aguas del río. El amor la conduce a la muerte pero también el amor (el de Gabriel) la devolverá a la vida. Y aceptará «el constante dolor del crecimiento»: ser ella misma, vivir, para ser sus hermanas: no como ellas, sino ser ellas. Su memoria.

Con un lenguaje brillante, que lo mismo se pliega a la brevedad -metafórica a veces- del aforismo como se extiende en tiradas cuyo ritmo recuerda el de los salmos y las plegarias, o se encauza en poemas que articulan una maldición o formulan una profecía, Irene Gracia nos entrega una novela singularísima y estremecedora, intensa, sugerente, repleta de resonancias; un relato turbador, inquietante y abisal, como las tres hijas de la noche en llamas que lo protagonizan.

Ana Rodríguez Fischer, ABC, 17 Abril 1999

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