Coleccionistas de almas perdidas

Todo narrador es un coleccionista de almas que se hubiesen perdido para siempre de no haber hallado su lugar en la escritura, y todo narrador escribe a su manera la historia del mundo, condenando a unos y salvando a otros, porque todo narrador lleva a cabo con unos y con otros la misma operación que llevó a cabo Dante y que sólo puede llamarse justicia poética. Y es que Dante, además de crear un poema total sobre las tres dimensiones del más allá, hizo de juez y verdugo y condenó a sus enemigos a un infierno para siempre, como vino a decir Heine. ¿Quién podrá sacar de ese infierno a todos los que Dante condenó? Para hacerlo habría que tachar muchos versos de su poema: casi todos los que atañen al infierno y que son los más interesantes de La Divina Comedia. Claro que hasta esos condenados al suplicio tienen un privilegio que emana directamente de Dante y su talento: ellos también son eternos, si bien gozan de una eternidad que nadie quiere: la del infierno.

Desde la antigua Grecia a nuestros días puede detectarse toda una cadena de condenados al infierno literario por haber desdeñado el poder de los poetas. Todo narrador es un creador de cielos e infiernos a los que van llegando en tropel las almas perdidas, ávidas de encontrar un lugar en el texto. Algunas se encuentran para siempre en el espacio de la escritura y otras se pierden en ese mismo espacio, también para siempre. ¿Y aún hay gente que se atreve a despreciar la justicia poética?

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