Juan Manuel González sobre El coleccionista de almas perdidas

La fascinación de imitar la vida

La idea de imitar a la vida hasta acercarse al misterio de su creación es quizás tan antigua como el hombre. Tal imitación se ha materializado siempre en el deseo de construir seres lo más similares posibles al hombre, ya en ‘carne’ de autómata, ya de golem, ya de replicante inacabado e inquieto. Criaturas como la enigmática Coppelia de Hoffman, el controvertido monstruo de Frankenstein o el terroso Golem de Meyrink son ya jalones esenciales de nuestra literatura, y se enmarcan en esa trayectoria de intentar recrear la vida que nos diferencia de otras especies. Esta diferencia, tal vez no del todo positiva y que ronda una inteligencia sin control, se nutre en realidad de las propias leyendas sobre la creación del hombre, inventado por un ser superior. De ahí a soñar con crear un alma, un espíritu, no hay más que un paso, ambicioso y alucinado, a trechos artístico.

Y como de arte al fin y al cabo se trata, pues no otra cosa es todo ensayo de creación, todo empuje para traspasar lo verdaderamente desconocido, es en la literatura donde este pavoroso e inocente intento de reeditar la vida encuentra uno de sus cauces más tradicionales y fecundos. Hoy en ese cauce, no demasiado cultivado en nuestras letras, posiblemente por la influencia pacata de unas derivaciones vulgares de lo religioso, podemos disfrutar de una atractiva novela corta de Irene Gracia, titulada ‘El coleccionista de almas perdidas’. Esta autora madrileña, practicante además de una sólida pintura tenebrista y responsable de otros inspirados trabajos novelísticos, elabora una hermosa metáfora en torno a la imposible y hermosa tarea de reducir el mundo para lograr su comprensión, de reproducir la vida del hombre para penetrar en algunos de sus resquicios menos visibles.

En torno a un personaje tan lúcido como brumoso, el fabricante de autómatas Anatol Chat, aficionado a transmitir cuentos y maldiciones al calor de ellos, arrastrado por cierto pulso trasgresor, casi metafísico, y flanqueado por unas ambiguas sombras familiares, las páginas de esta novela se enhebran con tino hasta trazar un viaje seductor por la ambivalente frontera entre lo fantástico y lo posible. Narración de narraciones, deudora de la intensidad y la precisión de lenguaje que nutren la técnica del cuento o relato, ‘El coleccionista de almas perdidas’ no es un texto frecuente en nuestra narrativa, sino más bien de exquisita rareza, sustentado en un poder de evocación que raya lo poético. Y cuyo aroma singular nos devuelve, a la vez que efluvios de la herencia centroeuropea y anglosajona del género de misterio, una doble y placentera desazón: la de paladear el sabor antiguo del miedo, eterno y nada infantil, y la de intuir que la vida es tan susceptible de reproducir como de permanecer oculta en sus últimos engranajes… y en consecuencia, distante de ser irreversiblemente comprendida.

Por Juan Manuel González

Aparecido en la revista La Clave, número 275, 21-27 de julio de 2006

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: